Carta a un centenario


Intervención de D. Godofredo Garabito el día 13 de Junio de 1981 en el Ayuntamiento de La Mudarra,
en el homenaje a D. Anastasio Fernández Cebrián  por cumplir los 100 años, según acuerdo del pleno municipal.

(Hermosa carta que refleja la vida, lugares, costumbres y gentes de hace ya muchos años en La Mudarra.)


CARTA A UN CENTENARIO DESDE EL BALCÓN DE MI INFANCIA

y te escribo porque otra cosa no se me ocurre. Cuando yo abría los ojos a la vida, tú, mi querido amigo centenario, ya habías rebasado los cincuenta años de edad; de ahí que, cuando yo comenzaba a discernir entre el bien y el mal, tú eras una persona cuajada en los sesenta años.

Te das cuenta, mi querido amigo, por qué me das tanto respeto.

Respeto no solamente por los mil surcos que crecen en tu rostro, sino más bien por los mil surcos que navegan hacia lo infinito de tu alma.

y héme aquí pluma en ristre, para acercarme a tus cien años, recién cumplidos, y desde el balcón de mi infancia rendirte un cariñoso homenaje a través de esta carta. Quiero que sea como un mirador al valle del Hornija en un atardecer de junio, cuando el sol dora esos tres palomares que se divisan desde el ventanal noble de mi casa. Cuando el tintineo de los rebaños resuena como una bella sinfonía de paz serena, cuando se me agiganta la infancia y me veo correr alrededor de la espadaña de la iglesia
-donde fui bautizado- con un aro grande de cinc y una manilla de hierro, que me hizo el herrero en su fragua, junto a la fuente de los caños.

Cómo se acortan los días en esta madurez ... y cómo se alargan las noches de insomnio por estos años que frisan el medio centenar, sin que nos demos cuenta que tu madurez centenaria nos duplica en todo, que es tanto como ser doble de todo en la vida, ¡ahí es nada!

Mas, como el tiempo pasa volando, yo me quiero aferrar al balcón de mi infancia, pleno de geranios en flor, con las acacias en brotes maduros, los majuelos llenos de pámpanos, los trigos encañados, las cebadas empezando a tornar su color verde en tonos dorados clamando tiempo de siega... y los niños en pantalón corto jugando al marro, tirando piedras a los pájaros o atando una lata vieja al rabo de un perro sin dueño, para que corra despavorido por el camino de Wamba hasta aplacar su rabia entre las encinas del monte Medina, dejando a sus espaldas mil gritos de niños que salen de la escuela en busca de la merienda.

Yo no debía de contarte nada de mi vida actual, que discurre al igual que la de cualquier español que esté someramente interesado por los acontecimientos que nos acosan. Mis as transcurren entre reuniones, viajes, visitas, horas y horas de despacho, o en salas de Juntas celebrando Consejos y asistiendo a esas pesadas jornadas de números e ideas que tanto quebrantan la cabeza, entre empresarios y políticos influyentes, como Calvo Sotelo, Presidente del Gobierno, con quien estuvimos almorzando estos últimos días en Madrid, compartiendo desvelos y abrigando esperanzas.

Te darás cuenta, mi querido amigo centenario, por qué, tantas veces puedo, me encierro en la solariega casa que tengo en esta villa, para huir del barullo urbano, de las preocupaciones empresariales y de la vida pública y social.

Mas como te decía, no voy a hablar desde la perspectiva de mis años y de mi momento, sino desde el balcón de mi infancia y el corro grande de la plaza de nuestro pueblo. Porque desde allí y allí tengo situado ese nostálgico balcón de geranios en flor. Tú eras el abuelo de mi amigo Luis, y apoyado en la cachava presenciabas nuestros juegos, como fiel testigo de la vida local, privilegiado por vivir en la casa sita en dicha plaza.

La gran acacia de mi infancia, dentro del cercado que servía de pórtico a la iglesia parroquial, nos acogía con su enorme sombra durante el verano ... y cada primavera aparecían sus brotes, llenando mi vida de un grato aroma de acacia florecida o de infancia feliz, que tanto da. Asimismo los lilares se hacían flor todos los años por abril para que más tarde los rosales cuajasen en mil pétalos, cuyo aroma se extendía por los breves rincones del cuerpo de un chico travieso que buscaba nidos por las zarzas de las laderas del molino, allá por los pagos del Otro Valle y del Horcón, donde la perdiz anida y el chopo medra,

Me quiero acercar junto a ti, amigo y paisano centenario, al hogar de paja, aquel que se encendía cada mañana con los manojos de vides que dormían su sueño de año en año en la tenada que cada corral de labranza tea... y allí, junto al hogar, mientras se desgañita en hervores el puchero del cocido, y yo contaríamos mil hazañas pasadas que se hicieron carne en tu centenaria vida y que hoy nos llegan frescas y lozanas, con belleza y aroma de almendro en primicias primaverales.

Mira, mi querido amigo centenario; eran las siete y media de la tarde de un 8 de junio del año 1881. En la calle Ancha de nuestra villa hay miedo y alegría porque está a punto de nacer una criatura; eras tú, que llegaste a este mundo ese día, a esa hora y en una casa de la calle Ancha de nuestro pueblo. Tu madre, Valentina Cebrián, y tu padre, Eugenio Fernández; ella sus labores, es decir, dedicada a la generosa tarea de ser esposa y madre, y él, tu padre, labrador de estos pagos de Torozos.

¡Ay! mo serían los labradores por aquellos años de finales del siglo pasado ... Seguramente seguian la vieja tradición que Virgilio cantara en sus Geórgicas y que tú heredarías más tarde de tus abuelos tanto paternos, Anastasio Fernández y Juliana Mozo, como maternos, José Cebrián e Isidra Enríquez, ésta de Palacios de Campos, y los demás, con estirpe de labradores en esta villa de La Mudarra.

A lo mejor el apellido Enríquez estaba vinculado a los Enríquez de la casa de los Almirantes de Castilla, que tenían su feudo por tierras de Medina de Rioseco y de Palacios de Campos, cuando sus posesiones fueron tales que las propiedades y casas nobles llegaban a nuestros términos municipales de Torozos e incluso por Andalucía y otras muchas provincias.

Mas, vayamos al grano de tu nacimiento, que fue inscrito al día siguiente, firmando como Juez Municipal don Julián Conde, interviniendo como Secretario interino don José Nájera y testificando dicho nacimiento don Pablo Cebrián y don Braulio Gregorio. Como podrás comprender no nos vamos a remontar a quiénes fueron estos personajes que tú conocerías, sin duda alguna, desde el balcón de tu infancia, pero que hoy lo nos van a servir como cita en el recuerdo por su presencia el día de tu inscripción en el Registro Civil.

Mas yo quiero apuntar que al revisar estos legajos me han servido para refrescar nombres y apellidos de mis antepasados, lo cual me ha proporcionado una muy grata satisfacción. A he visto apellidos tales como Pajares, Mato, Enríquez, Lara. Fíjate bien, el Lara nos llega al pueblo desde un rinconcito de la provincia de Burgos, Villamayor de los Montes, caundome esto gran contento, porque sabs que la casa de Lara está entroncada con la fundación de Castilla y la historia de los Siete Infantes da Lara, que acaban haciéndose panteón en tierras riojanas, junto a Berceo. Pero ya te he dicho y repito que no vamos a seguir por estos caminos, porque nos salimos de la plaza de nuestro pueblo y del hogar de paja de tu casa de labor, que junto a ti contienen la esencia de esta celebración.

Al inscribirte en el Registro Civil, tu padre te dio nombre «bajo la forma que acostumbra la Iglesia», según reza en tal documento; te acristianaron en seguida y surgió tu infancia, correteando por el pueblo de la mano de esos otros niños y niñas que nacieron ese mismo año y que después en mocedad os llamaríais quintos.

Fíjate bien, se registraron los siguientes nacimientos en este orden:

Adelardo Alba Gregorio, que era el suegro de nuestro Alcalde; Raimundo Conde Vaquero; José González Pajares, que murió con siete años; Hipólita Pajares Mozo; Teodora Ceballos Cebrián, que murió el año siguiente; María Luz Cebrián Díaz; a continuación tú; más tarde nació Ramiro Cebrián Nájera; Argimira Lorenzo de Vega; Luis Fernández Estefanía; Rogelio Mozo y Mozo, quien murió al año siguiente; María Mato Camarero, y Vicente Nieto Díaz, este último, que es quien cierra el ciclo de nacimientos de 1881, nieto de don Vicente Nieto y de doña Eustaquia Reoyo, padre a su vez de don Ricardo Nieto Reoyo, vivieron en la calle Almirante, en la casa que se denominaría como «La Casa Grande», que más tarde compraron mis bisabuelos y que hoy estoy remozando para buscar el descanso que necesito. Como ves, mi querido amigo, algunos de los que nacieran durante el año 1881 vivieron poco, otros más, pero ninguno alcanzó la edad de cien años como tú.

Corrían los años de tu infancia y sin duda llenarías el pueblo de risas y de carreras jugando al escondite con los chicos que contigo acudían a la escuela, y aprendiste el catecismo. Llegaste más tarde, a hurtadillas, a conocer el primer amor, la que fue tu mujer... Mas no me digas ni dónde ni cómo, seguramente a la sombra de un palomar, entre la alameda del prado de Villa o al amparo de alguna tenada o en la fuente de los caños, al atardecer, cuando llegaban las yuntas y abrevaban en el pilón.

Sigue la vida y se acercan las Navidades de tu juventud y en panda saldrías con tus amigos a pedir el aguinaldo. Con buenas voces y acompañados de bandurrias, almireces y zambombas, llenábais de alegría el peculiar aburrimiento de un aldea que inscribe su osamenta a los crudos inviernos de la meseta.

Así llegaba la fiesta de San Antón y los burros y jinetes se hacían a la calle engalanados hasta no más. Los refranes y versos ripiosos corrían irónicos por las esquinas y la plaza, que otra vez más se llenaría de júbilo con la fiesta de las candelas y de los carnavales. Carnavales de carreras de cintas y de gallos que suponían el gran acontecer de los que entraban en quintas.

Surge mayo y en la plaza se había de colocar el «Mayo», previo derribo del más alto chopo de la alameda municipal, no sin gran esfuerzo, para acarrearlo hasta la plaza y levantarle con toda clase de riesgos.

Las fiestas de San Antonio, Patrón del pueblo, llegaban con la hoguera de la víspera, y con baile, mareándose las habas verdes y la entradilla por dulzainero y redoblante de la localidad. Y al amanecer del primer día de fiesta se colocaba la enramada en todos los balcones de las chicas jóvenes del pueblo con especial interés hacia la casa donde había forasteras y, cómo no, donde vivía la novia. Tradición perdida, ¡qué le vamos a hacer!

Dianas floreadas con dicha enramada entre cánticos y alegría sana que hoy nos llega con un limpio olor a tomillo de los años de tu vida joven, querido paisano centenario.

Las Madrugadas de San Juan, haciendo la huebra para binar los barbechos que habían sido alzados por los meses de marzo y abril, nos acercaban a la época de coger las algarrobas, ya granadas el guisan tal y el muelar ... Para recibir la cosecha de cebada y trigo, mientras maduraba el racimo en las cepas del majuelo recién cubierto.

Noches de acarreo y días de trilla, bieldo y rastro, trigo rubio en el muelo de la era ... Al atardecer, una cana más, la boda inmediata, el primer hijo como la primera cosecha del propio cuerpo fundido en amor y gozo con la compañera del alma, que criaba a los hijos, amasaba el pan, acarreaba el agua, cuidaba los cerdos ... Y hacía encaje de bolillos junto al quicio de la puerta o en la solana de su juventud de madre y esposa.

Así un año y otro verano más, para acercarse en el trenecillo de los Torozos hasta la ciudad por época de San Mateo, ya al iniciarse el otoño, muy especialmente el segundo domingo de ferias, que se llamaba el de la «extraordinaria» por la calidad de la corrida de toros, jornada también conocida como de los «pardillos», por la afluencia de los pueblos en ese día a la ciudad del Pisuerga.

Otra vez, mi querido amigo centenario, a sulfatar el trigo, previamente cilindrado para, en costales, llevarlo a las tierras y hacer la sementera.

A volea se tiraba el trigo, como quien con el fruto de su cosecha esparce bendiciones y siembra esperanzas.

Frío y heladas con el doblar de campanas del Día de todos los Santos y de las benditas ánimas.

La cofradía del Santísimo y Animas ofrece castañas asadas y queso mientras en el colgadizo empiezan a parir las ovejas y sentir el balido de una nueva corderada que allá por la Navidad era como una renovación del establo.

Un día cayó la espadaña de la iglesia, que fue algo como cuando se murió Marcelino Mato o Aurita Espejo. El, maduro de años y de decires, ella joven ... en la flor de sus pocas primaveras.

Otro día nos quitan la Fuente de los Caños y se nos hace silencio la señora Germana o José María Cimas. Ella, viejecita y limpia como un crisol, se llevó junto a una sonrisa triste el sabor del primer beso que mujer alguna pusiera por primera vez en mi rostro de recién nacido; él, José María, joven y alegre ... Quedó el pueblo en silencio mientras tocaban a muerto las campanas.

No disimules las lágrimas al comprobar cómo desde este mi balcón van pasando costumbres, hombres y mujeres.

No vaya seguir por este camino porque no es bueno, si no fuera porque todo ello nos humaniza y hermana, nos acerca y nos acaricia como un pañuelo de colonia en la frente enfebrecida de nuestra infancia.

Ahora, el pueblo es más bonito y las chicas tan guapas, bien floridas como los geranios de los balcones que rivalizan en primavera con la Reina y damas de estas fiestas patronales de nuestro pueblo.

Lo ves, mi querido amigo centenario. Tú sigues firme, yo me tambaleo ... Que cumplas muchos años más, en tanto yo ciño a la peonza de mi infancia la cordezuela de los recuerdos para soltarla a bailar sobre su eje, en el centro de la plaza de nuestro pueblo, mientras un corro de niñas agarradas de la mano, quieren ser tan altas como la luna, ay ... ¡ay! Tan altas como la luna.

Ella, la luna, guardará nuestras noches cuando el firmamento se ilumine de nuevo y la Vía Láctea se haga otra vez más resplandeciente para que nuestro pueblo en pleno y con su Ayuntamiento al frente pueda felicitar a otro nuevo centenario ... algún día ... cuando tú y yo podamos verlo, no desde el balcón de nuestra infancia, sino desde el balcón de nuestra eternidad.

Y nada más, porque hoy es la Fiesta de San Antonio y es día de alegría y júbilo; por ello y sin más, por el momento, recibe nuestra felicitación y un fuerte abrazo.


En homenaje a mi padre, Crisóstomo Rodríguez, que cumple estos días 100 años